martes, 13 de diciembre de 2011

PILAR DE MARIA LUISA






APERTURA: 3, 4 y 5 de abril de 1977 por Fernando García Marqués, Juan José García Marqués y Carlos Jiménez Sánchez-Cañete.

MATERIAL: juego de fisureros bicoin, juego de microfriends, juego de friends hasta el 3, repitiendo 1 y 2. Algún excéntrico mediano y grande pueden venir bien en el largo de la fisura roja.






PILAR DE MARIA LUISA
(HISTORIAS DE PAVOR)
¿Comprendes ahora, Bulkington? ¿Puedes vislumbrar esa verdad intolerable para los mortales: que todo pensamiento profundo y honrado no es sino el intrépido esfuerzo del alma para mantener la libre independencia de su mar, mientras que los vientos más feroces del cielo y la tierra conspiran para arrojarla contra la costa traidora y servil?
Pero así como la verdad más lata (sin riberas, infinita como Dios) reside sólo en la ausencia de tierra, es preferible morir en ese infinito ululante que ser vergonzosamente abatido a sotavento, aunque en ello esté la salvación. Porque entonces, ah, ¿quién desearía arrastrarse vilmente hacia la tierra como un gusano? ¡Terror de los terrores! ¿Es tan vana esta agonía? ¡Coraje, Bulkington, coraje! ¡Se inflexible, oh semidiós! ¡Levántate sobre la espuma de tu muerte oceánica más alto, hasta tu apoteosis!
De Moby Dick, Hermann Melville.







PILAR DE MARIA LUISA

(HISTORIAS DE PAVOR)




¿Dónde voy? Pero, vamos a ver; ¿cómo voy a hacer la vía, al final…?

Solo llevo una bolsa de magnesio y los pies de gato, y me sorprendo a mí mismo en la ladera de las Marionetas ascendiendo lenta, inconsistentemente.

Quizás haya llegado el momento. Hace años que considero la posibilidad de escalar una vía sin cuerda por aquí, una vía con cierta entidad, y hace dos días que sopeso con más seguridad hacer la María Luisa en este estilo. Hay algo en mí, un atávico misterio que me empuja hacia ella. Lo sopeso de dos maneras, paralelas pero incoherentes. Por un lado siento el impulso de cegar mis pensamientos, de obedecer a mi instinto y disfrutar del vacío más real. Sin embargo, no puedo tolerarlo. Mi persona se asusta, haciéndome sentir el riesgo y advirtiéndome en fogonazos de razón de que no se me ocurra intentarlo.

Dos fuerzas soportan un pulso en mi mente pero alguna, digo yo, tendrá que acabar venciendo porque la vía, lo que es la vía, o se hace o no se hace. A ratos considero bella, factible la idea. Momentos después la desecho. Esos ratos han pasado a ser horas e incluso días, alternativamente, pero es ahora, ya ves, cuando me veo aquí, a las once de la mañana de un día cualquiera, subiendo ladera. Las chovas graznan igual, la luz incide de la misma manera sobre el bosque y también más arriba, sobre el naranja de la pared, tantas veces palpado. Las texturas parecen las mismas y he patinado en la vereda en los mismos sitios donde siempre patino al subir. Si; manifiestamente, la realidad es la misma de siempre.

Me diferencio yo.

Desde antesdeayer, Mr. Hyde ha ganado terreno. Mi lado oscuro ha tomado los mandos durante 32 horas tirando de mí hacia arriba, hacia la característica fisura roja. Y solo las últimas 12 horas ha tomado el Dr. Jekyll las decisiones pero tarde ya, casi de camino.

Ahora, subiendo sin material, no sé en manos de cuál me hallo pero sigo, sin embargo, ascendiendo. Algo en mi interior me hace ver de qué lado se inclinará la balanza, pero me engaño. Me repito argumentos como: “Voy a dar un paseo, y ya veo… Si no me apetece me bajo a Otiñar y trepo un rato”. Cuando llego a pie de pared la observo. Se perfectamente que es difícil que me caiga en una vía de 6a+, y comienzo a trepar en un acto de inconsciencia, así, sin más. De algún modo bloqueo mi mente y hago algo de lo que después puedo probablemente arrepentirme. ¿Pero, por qué?

La decisión está tomada. Escalo tembloroso los primeros bloques tumbados. La roca está algo suelta y me riño a mí mismo por no asegurar el último agarre en esta ansiedad, en esta precipitación. La vía adquiere verticalidad y escalo deprisa, asumiendo riesgos innecesarios y ejerciendo el triple de la fuerza que me debería exigir cada agarre. En poco tiempo me encuentro a la altura del paso de V+ del primer largo. Recuerdo la secuencia utilizada la última vez, o al menos los aspectos más importantes. Eludo la fisura de la izquierda, más frágil, y me estiro para asir los romos de arriba. Compenso con fuerza la técnica que me falta y paro un momento a respirar antes de hacer el mantle de salida. Me sorprende entonces la altura y percibo la gravedad de la situación. Entiendo perfectamente que de perder un agarre me iré al suelo. Y vienen mi lado cobarde, el maleducado y estricto, mi institutriz, mi madre y mi colegio, a hacerme dudar.

Pero, vamos a ver. ¿Pero por qué estoy yo aquí? ¿Qué siniestro motivo me hace a mí, un tío cualquiera, verme encaramado a una piedra, sudando y sin que nadie lo sepa, a 30 metros del suelo? ¿COÑO, Y SI ME CAIGO? Pero, ¿SERÉ GILIPOLLAS? Y con toda esta gente en el mando, con mis prejuicios en el perjuicio más grave, adopto la única estrategia posible: el diálogo interno. Pero esto no es lo que yo quería. Yo perseguía la espontaneidad, el disfrute de la fluidez, la armonía con el aire y el sol…

Bien, a ver: un poco de magnesio. Coloco el pie. Hago un amago (compruebo que el paso es factible, los pies no me van a resbalar, solo hay que apretar un poquito…). Bloqueo y coloco los cantos casi a la altura de mi cintura. Subo el pie izquierdo en adherencia y procuro que el nerviosismo no me impida el gesto técnico. Con más pena que gloria supero el paso y llego a la repisa de la primera reunión, donde descanso y sopeso la posibilidad de destrepar escudriñando los anexos, pero, ¡qué va! Ya estoy encerrado. Destrepar un paso así es, seguro, más arriesgado que seguir escalando.

Comienzo el segundo largo y por un momento percibo, quizás a causa de la calidad de la roca que agarro, la belleza de la escalada. Entiendo la estética de ver las chapas pasar, de sentirme más ligero que nunca, pero de nuevo pierdo la batalla. En el tramo más vertical vuelvo a la dinámica anterior, utilizando mis inagotables manos y asegurando cada movimiento. Me someto a la “regla de los tres puntos de apoyo” por primera vez en quince años de escalada. Había leído cosas absurdas de este tipo en manuales antiguos. No muevas un dedo sin tener los otros diecinueve en seguro. No incremento mi nivel escalando, sino que escalo gracias a que lo disminuyo.

Reposo sentado, con los pies colgando, en la repisa de la segunda reunión. Y aquí sí me relajo. Observo los largos de arriba, aunque ya no sean largos sino solo más roca, un continuo a partir de donde estoy y de donde vengo. Las reuniones se me antojan absurdas, los seguros aún más. Aquí solo valen repisas y formas, calidades y colores. El resto parece manchar lo primero, pertenecer a un mundo distinto e invasor.

Me deleito durante unos minutos en el valle y en sus pinos, una tupida alfombra desde aquí, un sembrado de brócolis desordenado, pero no hay más que esperar. Siento algo más de energía, un poco más de decisión, y con el objetivo de no dejarme pensar continúo escalando. Este tiempo me ha dado la oportunidad de, pasada la ansiedad de los primeros metros, armonizar mis dos posturas, mis dos naturalezas. Asumo en cierta medida la caída, la remota pero real posibilidad de morir, y me acerco a una placa negra que los aperturistas bautizaron como el “Mogollón de la Muerte” por su naturaleza descompuesta. En este estado de susceptibilidad cualquier pequeño detalle me influye, y observo el tramo de roca desde abajo decidiendo si paso por la variante original o por la equipada, mucho más sólida aunque algo más difícil. Evidentemente, me acerco a la segunda. Afronto un paso de travesía donde los pies anteceden a las manos, adoptando por un momento una situación de desequilibrio. Alcanzo un gran agujero y me relajo, suelto los brazos un poco y observo las pequeñas regletas que me preceden. Trato de componer en mi mente una posible secuencia, pues no recuerdo cómo se hacía este tramo, y trepo y destrepo un par de veces de manera protocolaria antes de tomar una decisión. Arqueo un agarre vertical con la mano derecha y rápidamente alzo el pie izquierdo. Estiro entonces mi brazo izquierdo para asir la regleta clave, y me doy cuenta de lo pequeña que es. Me incorporo. Estoy realizando el paso más delicado de toda la vía, el más precario en cuanto a equilibrio, y es aquí donde mi fuerza me sirve de menos. Tengo que conseguirlo, ahora o nunca, ahora sí, estoy dispuesto a arriesgarme. Tengo que escalar, escalar como yo sé, como tantas veces, y dejarme de historias. Me he forzado a esta situación y aunque no sé por qué, sé que tiene un sentido. Tengo certeza de ello hasta el punto de arriesgar la vida colgándola desamparada de esta regleta a 100 metros del suelo.

Modulo la posición de mis pies, dirijo el movimiento de todo mi cuerpo en una sola dirección. Por fin algo de coordinación. Tiro del canto lateral de mi mano derecha y poco a poco dejo abrirse la izquierda sobre la pequeña regleta hasta el punto de tocarla sólo con las puntas de mis dedos, para poder bajarla a la altura de mi cintura, abrir la rodilla izquierda y dejar algo de espacio para mi pie. Un “pie-mano”. Bien. Es probable que haya formas más fáciles de hacerlo, pero voy a muerte, y así me va a salir. 6a+ ó 6b, qué más da. Me pego a la pared, giro la cabeza hacia fuera, y la oposición entre mi mano y mi pie equilibran mis 62 kilos de peso.

Suelto la regleta.

La fricción es perfecta. Estiro la mano y alcanzo una ayuda. Me elevo gracias a ella, apoyo mi pie derecho y reboto al canto bueno. BUFFF!, resoplo. Creo que recordaré la propio-cepción de este momento toda mi vida, la alineación y el tono muscular exactos de mis segmentos corporales en toda la secuencia.

Junto mis manos y recoloco los pies. Ahora estoy ligeramente desplomado pero tengo fuerza, mucha fuerza. Se me estiran las escápulas al colgar mi peso del agarre y suelto los brazos un poco, alternativamente. Bloqueo en adherencia, mis pies no me soportan, bloqueo en el aire. Ahora sí rozo lo que buscaba. Dos o tres movimientos algo atléticos antes de introducirme en la chimenea, para salir de ella en “equis”, apoyando una pierna en cada pared y asumiendo el vacío. ¿Realmente, lo estoy haciendo?

Escalo en este estado por un terreno más agradecido hasta llegar al a mitad del quinto largo, el paso difícil de la famosa fisura roja. Debo de haber agotado alguna sustancia en mi cerebro, alguna endorfina debe haberme abandonado, porque de nuevo siento miedo. Aquí se percibe el abismo, el valle se abre a mi vista al doblar la esquina y perder la referencia de las repisas anteriores. Mi cuerpo se coloca en posición vertical. El equilibrio comienza a depender de mis brazos, y ya de vez en cuando tengo que relajarlos para que aguanten. Afronto la fisura y empotro una mano, pero me lo pienso mejor y destrepo. Recuerdo que a la derecha existe una regleta pequeña pero positiva, y que para alcanzarla debo cruzar primero mi mano izquierda a un lateral; comienzo la secuencia, y tengo un miedo que por un momento, mientras cruzo al aire, se convierte en pánico realmente. Estirar los brazos y permitir que mi tronco se aleje de la pared es ir en contra de un reflejo, de mi propia corteza cerebral, pero no tengo más remedio que hacerlo así. He decidido forzarme a ello y ya no hay salida, estoy alcanzando la regleta. He colocado los pies sobre dos pequeños apoyos en la placa y al mirármelos veo el suelo directamente, unos 150 metros más abajo. Cuando tiro del canto aplico toda mi fuerza, pero no configuro el movimiento siguiente. Retrocedo y suelto un instante para permitir que la sangre retorne, pero debo volver a agarrarla casi de inmediato. Repito la secuencia con el mismo resultado y cada vez me siento más cansado. La intento por tercera vez y noto cómo mi corazón late con la fuerza de un tambor. Saboreo el óxido de la desesperación y noto que comienzo a perder el control. Mi cerebro se cortocircuita y no acierto a tomar decisiones. Estridencia, chirridos mecánicos en mi interior. Trato de destrepar, retroceder hacia la izquierda, hacia la fisura, pero no puedo. Me he equivocado, me ha faltado valor para afrontar la fisura recto y me doy cuenta del error ahora que estoy cansado. Este intento de retorno me ha obligado a colocar los pies en adherencia, y las manos se me empiezan a abrir por el esfuerzo. ¡Qué estúpido soy! ¡Cómo se me ocurre! Tenía que haber salido directamente, ¡me tiemblan las manos!

Tengo que salir por arriba, tengo que jugármela. Recoloco mis pies donde teóricamente deben estar y hago un tímido movimiento dinámico vertical, agarrotado y sin casi decisión. Toco el agarre pero lo pierdo, y mi brazo derecho no aguanta el movimiento descendente de todo mi cuerpo. Retuerzo la postura en un acto desgarbado y desesperado, pero no encuentro apoyos con mi mano izquierda. En tres tiempos se me abre el brazo y mi mano se acaba abriendo al no soportar la tensión.

Me caigo.

La aceleración es tal que solo veo pasar colores. Todo se rodea del rojo de la pared, de su rojo violencia, y en mi garganta no respiro. Fuerzas que solo había experimentado en sueños mueven mis vísceras. Siento mi cuerpo rebotar contra el suelo, y en el previo instante percibo la luz y el aire, la belleza del entorno que me rodea, estoy muerto.

(LAPSUS)

LOGRO RECUPERARME EN EL TIEMPO. Todo se expande en todas direcciones, todas las posibilidades pasan por mi cabeza, y me encuentro ahora en la fisura, sabiendo lo que me juego. Sé cómo tengo que actuar físicamente y me doy ahora cuenta de cómo tiene que reaccionar mi mente. Tengo que alcanzar la excelencia, por un instante; estoy obligado a ello. O la alcanzo, o perezco. De nuevo cruzo. Coloco los pies, bloqueo al aire, alcanzo la regleta. ¡El miedo me abarca, pero bloqueo!! Me rebelo contra mi incapacidad y alcanzo el agarre de salida. Percibo entonces que soy un escalador mediocre. No soy un Huber ni un Cassin, pero eso no me decepciona. Soy un bicho latente, un animal respirante, radiante, y, en este momento, trepador. Y mi destino es este, salir por arriba, enlazar movimientos sobre este magnífico obstáculo que algo me ha impuesto.

El terreno suaviza. Paro un momento antes del paso de pre-cumbre, y me siento más vivo y más energético que nunca. ¿Hará falta realmente morir para vivir? El último resalte presenta cierta dificultad, pero después de lo de antes y tras el descanso de la última repisa, mi mente se basta ahora a sí misma y alardea bravucona y falsamente excediendo el gesto, (ahora). Me siento un momento en el lapiaz de la cumbre. Puedo haber vivido los 42 minutos más intensos de mi vida, y una impronta holística me sorprende.

Ahora lo entiendo todo.

Años de educación, de vida aburguesada y obedecida. Prejuicios de seguridad, necesarios (o no) almacenados en mi sistema límbico, en mi ser animal, incrustados en las raíces de mi sistema nervioso a golpe de maza y reloj. El precio de mi sociabilidad, el sometimiento de mi libertad y de mi naturaleza más íntima. Córtex contra médula, el Ser contra el Estar, el Yo contra el Mí que por fin se dan la mano, se abrazan y se aman sin reparos, ahora soy feliz.

Quizás, en el fondo, sea la primera vez que escalo.

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